jueves, 29 de mayo de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
viernes, 13 de diciembre de 2013
martes, 10 de diciembre de 2013
lunes, 9 de diciembre de 2013
jueves, 21 de marzo de 2013
viernes, 23 de noviembre de 2012
Si duro es escribir, corregir es de fakires.
Paseo del pasillo a mi estudio como una peripatética griega, devanándome el seso, rumiando lo escrito, afanándome en hipótesis creativo-estratégicas mientras mis dos gatas se niegan a acompañarme en los pasos y me observan pánfilas, ya cenadas y ventajosamente envueltas en su pelaje de abrigo para enfrentar la nieve que ya me está congelando los dedos que necesito para escribir.
No sé si darme a la bebida o al misticismo.
viernes, 26 de octubre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
Antes de hacer el amor...
sábado, 25 de febrero de 2012
Asaltar la flor
El tiempo pasa. Me esfuerzo en pensar que no importan los entornos, las casas, las contingencias materiales; que importa el continuum interno de la vocación, de la necesidad que persiste: el arte -esa flor que pulverizar-, y el pensamiento, y la crítica... Los seres queridos pueden volvernos acríticos: temor a salpicarlos con nuestras teorías, nuestras equidistancias, nuestras réplicas, miedo a que se resienta el afecto que nos profesan. Pero sí, el arte requiere valor. Copio de un blog vecino esta cita de Bolaño: "Casi todas las vanguardias artísticas, de alguna manera, han servido de refugio para mediocridades impresionantes. Hay una clase de personas que necesitan participar en lo que llamamos arte, pero que están negadas para cualquier acto de valor y para acceder al arte lo primero que se necesita, incluso antes que talento, es valor."
Leo los diarios de Susan Sontag, Aire nuestro de Manuel Vilas, La tarde de las gaviotas de Ana María Navales... Leo sin concierto, sin batuta; a veces leo, además, con serias dificultades de concentración; otras, absorta y volcada. Pero de nuevo con ráfagas de alegría que anticipan mi incorporación al mundo, un despertar -aparatoso aún- tras un tiempo de melancolía y entumecimiento, meses demasiado largos extraviada en una selva espesa y oscura, una selva sin flores que asaltar.
viernes, 17 de febrero de 2012
¿Qué sea muerte?
Solo La Muerte sobrevive sin nada que reemplazar.
Cada cosa es, en efecto, otra cosa.
Cada botadura es reversible.
Menos Ella.
Capotéame. O reemplázame
Luz Caviria
domingo, 18 de septiembre de 2011
jueves, 8 de septiembre de 2011
Terciopelo negro

Hoy es uno de esos días de furia sensorial. Furia sensorial y cimbreantes ensueños Un día sólo aparentemente tranquilo. La forma del día: una visita al médico, una consulta técnica en una ferretería, un café en una terraza mientras espero a A., un trastear sartenes, espátulas, cuchillos y batidora en un afán culinario creativo, un zambullirse en las cimas del sofá, una clase de piano, un ordenar por encima mi escritorio, un sentarse a escribir.
La materia del día: “la fuerza imaginante”en lenguaje de Bachelard. Me llevo al médico el volumen que trata de la poética del agua y una vez allí valoro si podré leer, releer, mientras aguardo mi turno. Veo que sí puedo, que hay todavía una distensión veraniega en las cuatro personas que vigilan sin apremio la puerta de la consulta. Leo en paz. Logro enseguida una asombrosa imbricación, olvido mi cuerpo que debe de sentirse cómodo y relajado al otro lado de mí; olvido que leo, se disipa la “causa formal”, se diluye el tejido, la conciencia del signo, del lenguaje. Se diluye la conciencia de esa conciencia de la forma retrayéndose de mí.
Misse au point. Puesta a punto para la fiesta íntima que me espera. En un contexto inesperado, Bachelard ha prendido una chispa y las condiciones de posibilidad se han dado. Estoy lista. Una alegría pensante, una exuberancia sensorial, una fluidificación cerebral me dispone a algo parecido a la percepción panteísta, al viaje fenomenológico.
El día conservará la forma descrita. Pero yo me he precipitado muy lejos del día. Y vivo, en este día, tantas Ítacas…
A veces, aunque quiera, no puedo leer a Bachelard. Me conduce a una danza que me deja al cabo extenuada. Bachelard es un país al que se accede a nado y de noche. En ese país está el que yo llamo el Día de los Tiempos. Allí, siento que soy la mirada del primitivo ser que observó el trueno y su centella luminosa sin disponer más que de una interjección para nombrarlo. Soy ese ser-materia, ese ser-germen, esa pre-forma, ese universal antropológico, ese volumen sintiente. Soy materia imaginante.
Escribir no importa nada, no existe. Representar significantes, manipular sustancia hasta darle cuerpo… no existe. Este mismo acontecer discursivo en que me encuentro no existe ni siquiera potencialmente en los momentos cruciales de este día de agotadora danza, de insoslayable danza.
Solo ahora, embebida todavía de alcohol y liquen, mareada aún del viaje, agotada de un exceso de luz, de des-velo, soy capaz de sentarme y re-anudarme.
Y escribo.
“En el fondo de la materia crece una vegetación oscura; en la noche de la materia florecen flores negras. Ya traen su terciopelo y la fórmula de su perfume”
GASTON BACHELARD
miércoles, 31 de agosto de 2011
"A por el mar..."
Dos meses de silencio. Primero me silenció la escritura, intensiva durante tres semanas. Determinadas circunstancias me impusieron un ritmo de trabajo final frenético hasta que acabé mi libro de relatos. La mayoría de los que reuní proceden de hace años pero había que corregir, desarrollar otros dos ya empezados en la letra y solo concebidos en mi mente en su totalidad; había que revisar, vigilar la unidad temática, desechar –no sin pena- todo aquello que no guardara verdadera relación de ideas con el resto. Esa fue mi exigencia primera cuando ideé, cuando necesité escribir estos relatos que son costillas que enhiestan el mismo espinazo. Un espinazo, a veces, dolorido.
Fueron días de encierro a solas a los que seguirían días de expansión. La promesa del mar me alimentó durante mi aislamiento. Primero, las redes de la escritura, pero no como cerco sino como mallas elásticas en torno a mí. La inminencia del mar me conducía a esa imagen asociativa mientras escribía. Alguien tejió para mí ese chal de la fotografía y fue íntimamente simbólico envolverme en él cuando fui a por el mar.
miércoles, 29 de junio de 2011
sábado, 11 de junio de 2011
"Heridas causadas por tres rinocerontes" de Fernando Sanmartín. Los días oblicuos del ruiseñor.

Leí este libro con sobrecogimiento y un entusiasmo extraño. Y con gratitud, porque de este libro salí (¿salí?) con más ganas de vivir y de nombrar lo vivido.
Leer es un verbo torpe que no refleja lo que hice mientras recorría esas páginas. Leer es un verbo que resulta banal cuando de lo que hablo es de enchufar los ojos a una corriente eléctrica de miles de voltios. Por eso temblaba cuando quise hablar de lo que leí y destacar algún fragmento. Iba a copiar algunos pasajes tras una primera lectura y, al intentar localizarlos, me vi envuelta en una segunda lectura que no podía dejar y en la imposibilidad de entresacar solo dos o tres párrafos. Nada que extractar porque todo es extracto, todo es médula. Las citas que al fin extraigo me recuerdan que estoy hiriendo el todo, un todo que ya ha sufrido las heridas causadas por tres rinocerontes, un todo que su autor dudó sacar a la luz:
“He dudado porque yo también viví días oblicuos durante su escritura, días demasiado largos como el título del libro, un título que es un resumen de los límites. He dudado porque sus páginas hablan de Yorgos, un niño al que le diagnosticaron, antes de cumplir cuatro años, una leucemia; y con ese diagnóstico supe que la enfermedad aparece de pronto, como un hampón que intenta hacer de nosotros su botín.”
Pero la enfermedad remite y el libro se publica cuando Yorgos ha cumplido ocho años y se nos anticipa que ya juega a fútbol y puede esquiar en inviernos sin aludes porque hay aludes…
(…)que te pueden sepultar para siempre. Porque yo salí de un alud. Y aún no sé cómo.”
Fernando Sanmartín salió de ese alud y nosotros salimos de esa lectura habiendo aumentado nuestro conocimiento sobre las tempestades.
Por eso ese entusiasmo que antes califiqué de extraño, porque aunque ya podemos continuar leyendo habiendo salvado el primer temor, la terrible amenaza sobre el niño, es imposible escapar a un sostenido estremecimiento y, aún así, es imposible no gozar lo escrito, no responder a esa paradójica condición de lo bello con la que el autor se ha comprometido y que afronta de pie, evidenciando un porte de caballero, en una sala de tribunal de la que saldrá un veredicto que se retrasa, una respuesta que hay que esperar sin derrumbarse aunque…
“Aunque haya respuestas que me derriban. Respuestas como un tintero arrojado a la cara. Respuestas que me dan miedo. Respuestas que lo saquean todo”
Hay que permanecer de pie mientras se necesita que cese la desesperación, como Gregory Peck en la película “Matar a un ruiseñor”:
“Ha muerto Gregory Peck un día caluroso, un día en que mi vida es un boceto, un día sin disparos. Hoy hubiera querido ver una película suya, alimentar el conjuro, decirle adiós de esa manera. A cambio, lo que hago es recordar quién era yo cuando vi por vez primera Matar a un ruiseñor, cuando aún no sabía que la vida es un alquiler, cuando ignoraba que en toda biografía no existen los disfraces si uno se ha desmoronado de verdad.”
La expresión del dolor es tan exacta, tan poéticamente directa que su amarrada belleza no deja ni una concesión al lugar común y, sobre todo, no pide subrepticiamente al lector esa complicidad compasiva en lo humano ni esa aprobación estética en lo artístico que las confidencias dolorosas traducidas a literatura a menudo intentan recabar. Lo único que cuenta es lo que está ocurriendo en esa habitación de hospital:
“La enfermedad es un pupitre. Yo juego a recordar. Para evadirme. Pero sufro, no soporto la fiebre, su rencor, sus colchones falsos, su primogenitura. Me rebelo. Soy la nieve cayendo en un estanque. Soy lo que no quiero ser”
Y yo sigo leyendo con esa fascinación que siento como moteada de alfileres de dolor que son barridos por oleajes de júbilo:
“Le pongo al niño, en sus heridas, unas gotas de Betadine. Me mancho las manos, y el niño se ríe de mis dedos manchados. Y esa risa es un balneario”
Y en otra página digiero la ironía amarga que determinada estancia en el hospital despierta en el autor. Es una tarde de verano y varios niños gravemente enfermos se congregan arrastrando sus portagoteros y se crea una tertulia y hasta se aprecian sonrisas:
“Lo pienso después y creo que sólo falta una cámara fotográfica para que Dios nos retrate a todos y enseñe la foto a sus amigos.”
¿Y si ante la enfermedad del niño alguien esgrime el Alma, sus atributos y su alcance? Entonces hay que enfrentarse al alma, ese magma blanco que no cura las heridas de los niños ni sabe interpretar la importancia de los números:
“EL ALMA. Yo no quiero salvar mi alma. Sólo quiero salvar a un niño enfermo. La vida es un tablao flamenco. Pero también es una falsificación Hay quienes jamás lo descubren. Pero no me importa el alma. Porque el alma es una ventana que puede cerrarse. No me interesa el alma. Sólo me interesa el calendario. Aunque no sepa en qué día me encuentro.”
La realidad y el calendario cercan al padre y sin embargo, a lo largo de todo el libro, vemos cómo a su dolor le crecen tentáculos nuevos que alcanzan a rozar los rostros de otros que padecen y luchan por sobrevivir en las calles: el ecuatoriano que se disfraza para no mendigar, el alpinista perdido en la nieve de la montaña, el hombre que rebusca en la basura, el chino al que asaltan y al que roban sus escasas pertenencias lejos del amparo de su tierra. Todo ellos son Yorgos, el niño enfermo, y Yorgos es también ellos. La habitación de hospital es el mapa del mundo. El padre compra el periódico esperando encontrar la noticia de que el montañista ha sido rescatado y compra a un hombre chino que anda en venta ambulante tres ventiladores. El padre, cuando no está en el hospital, también está restañando por el mundo las heridas del niño.
martes, 7 de junio de 2011
jueves, 19 de mayo de 2011
El río de la vida
Gastón Bachelardmiércoles, 11 de mayo de 2011
El asedio de la felicidad.
Escher. Escaleras imposibles
Qué hartos estamos de que tanto redentor locuaz nos persiga bamboleando las tablas de la felicidad sobre nuestras cabezas cual Moisés empinado sobre las testas de los hebreos en lo alto del Sinaí; de que se exhiba la felicidad como algo susceptible de contornos descriptivos precisos que podemos adquirir por el módico precio de asimilar un decálogo de sabiduría enlatada. Empero, qué hartos también de que el significante felicidad, convertido ahora en constructo emotivo, dable a tantas interpretaciones a partir de la cuales de tanto significar ya no significa nada, se preste, por virtud de esa ambigüedad, de esa maleabilidad, a ser monopolizado y redefinido hasta la extenuación por cualquier moisés moderno que intuye en sus subalternos del pueblo llano el pecado de la desdicha.
Mientras la crisis excita tentaciones prosaicas aunque no quede ni en la ciudad ni el templo oro que fundir, los nuevos gurús, refundidos en oportuna mezcla de pseudociéntíficos mesiánicos, reparten sus nuevas por tenderetes, escaparates, bibliotecas, peanas televisivas o salones de conferencias ante auditorios que de mano son castigados por haber soñado con el dorado becerro en lugar de haber prohijado la castidad material y la conformidad espiritual que invite a buscar la felicidad en el interior de uno mismo o en lo más recóndito del alma (ay, el alma, ese otro comodín; a menudo ese otro constructo barato) Exhortan y exhortan a buscar y rebuscar la felicidad en ese mítico interior de uno mismo, es decir, donde precisamente el que anda atribulado no puede encontrarla, no en vano ha acudido solo, anónimo, más necesitado que reticente, uno más entre las hordas de afligidos, a recibir el amparo o el consejo de los lucrados y doctos superventas ayudadores de autoayudarse. Y qué gran intimidad esperanzadora procura la palabra autoayuda como antesala de esa inminente comunicación entre emisor y receptor, entre fuente y recipiente, entre el prócer feliz y el no aleccionado en felicidad.
Un, dos, tres... ¡ya!: Preparémonos todos para quedar en evidencia por haber sido pobres en moneda o en espíritu y por haber soñado el becerro dorado y dejémonos instruir por aquellos que esconden a Apis en la vitrinas lustrosas de sus escritorios y tras cerrar la llave corren a conminarnos a abrazar la misma felicidad que ellos irradian desde su perfecta autoestima, ni mucha ni poca sino la dosis de manual indicada. Vienen a mí y a ti, y a él y al otro, a todos nosotros vienen a mostrarnos, a explicarnos cabalmente lo fácil que en realidad es ser simplemente felices; y así lo enseñan y así lo difunden y lo proclaman y lo venden porque saben de lo que hablan, porque a forjar sus teorías -que ni siquiera conjeturas- a muchos de esos propagadores de llamas de dicha maciza les ha enseñado la vida (¿ramplón este argumento?) y otros han extraído sus conclusiones también del estudio de la vida, pero a través sus exóticos viajes, y hay otros a quienes les ha servido para estos fines pedagógicos no el estudio de la psicología sino lo que con la psicología han hecho por su cuenta y lo que su talento les alcanza y tal vez, a menudo, a veces, lo que su interesada actitud les dicta. Conocen, cómo no, cada una de las pautas exactas, psíquicas y de conducta, que todos y cada uno de nosotros precisamos adquirir, ensayar, cambiar, modificar, mejorar… para ser ejemplarmente felices. La misma cerbatana sirve para soplar la misma felicidad a miles de dianas distintas. Te la soplan a la cara, a veces sin que medie requerimiento. O la escriben, la imprimen y la venden; toda la felicidad reunida en un único prontuario de sencillos postulados, porque para qué tratados documentados o pormenorizados estudios o fárragos de datos empíricos si la ética que precede las intenciones de estos sofistas modernos hace las veces de justificación sobrada. Un único breviario es suficiente para satisfacer la complejidad de cada necesidad particular e intransferible de cada ser humano infeliz.
Hermanos, olvidemos el cáliz de la sangre de Cristo, olvidemos la copa maldita en que rebosó la absenta y bebamos del nuevo elixir color verde esperanza apurando todos juntos este otro cáliz de nuestra salvación.
martes, 10 de mayo de 2011
Chantal Maillard "Hilos"
Uno.
Porque hay más.
Más están fuera.
Fuera de la habitación.
Fuera de las demás habitaciones.
Fuera de la casa.
La casa es demasiado grande.
Se extienden cuando duermo.
Porque también hay muchas.
Últimamente están deterioradas.
Húmedas. Ciegas.
Depende de los días.
Depende de las nubes.
También de las imágenes.
Sobre todo, depende de los hilos.
Partir es dar pasos fuera.
Fuera de la habitación.
De la mente, no:
no hay. Hay hilo.
Partir es dar pasos
fuera de la habitación con el hilo.
El mismo hilo.
A veces se rompe
el hilo. Porque es endeble,
o porque la otra habitación
está oscura. Sin
querer, tiramos de él y se rompe.
Entonces queda el silencio.
Pero no hay silencio.
No mientras se dice.
No lo hay. Hay hilo,
otro hilo.
La palabra silencio dentro.
Dentro de uno —¿uno?
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