sábado, 27 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
Una vida absolutamente maravillosa

"Para conocer in situ los escenarios por los que discurre su “Dublinesca” (Seix Barral), nuestro Ulises particular acompañó a Enrique Vila-Matas a la ciudad de James Joyce, donde Bram Stoker escribió su “Drácula” y lugar en el que los muertos y los borrachos soportan la misma lluvia. Texto: Antonio Baños Fotos: Elena Blanco
Solemne, el escritor Vila -Matas avanzó desde la escalera hasta donde estaba expuesto el bufet alimentario en aquel maderoso y crepitante pub dublinés. Se plantó frente a las viandas con la firme intención de comer de alguna de ellas, pero el camarero distinguió en el ojal de su americana el botón rojo que lo acredita como poseedor de la Légion d’Honneur, la más grande condecoración creada por la gabacha nación. El camarero, que a la sazón resultó ser francés de cuna, casi se cuadró delante del condecorado novelista. El fámulo inquirió a Vila-Matas sobre cómo había conseguido tal honor. Indochina, Argelia, Mururoa… pensó el galo. “No” -respondió Vila-Matas firme como un coronel de ingenieros-: “Escribiendo libros”.
La desilusión apareció en su cara de francés y debió sentir el que le den medallas a cualquiera, pensando que la escritura precisaba de menos valor y temple que la milicia. En el caso de Vila-Matas se equivocaba. Tiene este escritor madera de asediado, de la résistance, de guerrillero, de constante saboteador de la literatura convencional. Y, quizá por ese aire de clandestinidad importante que despide, el garçon nos trajo hasta la mesa un tajo de roast beef y una sopa.
Parecía sábado por la mañana aquella tarde de jueves en que aterrizamos en Dublín. Enrique Vila-Matas, Elena Blanco, de la editorial Seix Barral, y yo estábamos en la capital de la verde Erin para encontrarnos con el equipo del programa de TVE Página 2. Querían reportajear a Vila-Matas y preguntarle sobre su último libro, Dublinesca, el primero que el escritor ubica en la vieja y catolica “hemiplejia de la voluntad”, como definió Joyce al Dublín que acoge su relato.
Muchos lectores del autor se sorprenderán ante el cambio que supone pasar de su denso y recreado París a la fe del inglés de tierra feniana. Desde que Doña Margarita Duras, pobrecita mía, le alquilase una mansarda en el París de los 1970, el nombre de Vila-Matas está asociado a la sólida tradición de la francofilia barcelonesa. Hasta ahora.
Vila-Matas, amenazado
No sé si por ansia de devorar nuevas culturas o por zafarse de los tópicos que le puedan atenazar, Vila-Matas y un grupo de amigotes escritores de prestigio decidieron viajar hasta Dublín a vivir un Bloomsday, que no es otra cosa que la recreación cada 16 de junio del 16 de junio, el día descrito en el Ulises de James Joyce. De esta experiencia nació una orden de caballería sedente llamada la Orden del Finnegans. Una hermética sociedad consagrada a honrar la obra y la memoria del gafotas y dipsómano escritor irlandés.
Dublinesca describe de manera más o menos autobiográfica lo que él llama su “salto inglés”, la inmersión en una ciudad, una cultura y una nueva geografía que Vila-Matas, no se preocupen, ya ha masticado a gusto hasta adaptarla a su parabólica mirada.
Y ahí estamos, camino del Museo de los escritores irlandeses donde nos esperan las cámaras de la tele. Antes de cruzar el puente O’Connell, o quizá después, Vila-Matas pisa la calzada y casi me lo atropellan. Elena Blanco es quien salva a la insigne pluma. Metros después, un cochecito del servicio de limpieza casi arrambla con él. No hay duda, alguien o algo está molesto con la presencia de Vila-Matas en Dublín. Quizá esté detrás la embajada francesa, molesta por su “traición”; quizá secuaces de Vladimir Nabokov, el magno escritor que no soportaba el Finnegans Wake de Joyce. Lo que tenemos claro es que, a partir de ese momento, estamos todos en peligro.
El museo de escritores irlandeses no está lleno de gente. Está vacío. Según parece, ése es su estado natural. Parece que esta tierra mueve a los aficionados a la literatura a exiliarse, incluso de sus propios museos.
Su nuevo libro sigue siendo suyo. En cuanto pisa un pie de página, Vila-Matas no lo suelta hasta desentrañar la vida de esos personajes desenfocados o ausentes en la foto de la gran literatura. “La cita es mi sintaxis”, se ve que dijo en una entrevista, y a fe que en Dublinesca la cita, la referencia a diestro y siniestro, se convierten en la niebla densa que envuelve las dudas y quizá paraliza al protagonista, un editor literario retirado en plena crisis vital y estética. ¿Cuanto tiempo vive un bacalao fuera del agua? ¿Cuánto un escritor fuera de la literatura? Vila-Matas no está dispuesto a hacer el experimento y se sumerge con Dublinesca en el negro Mar de Irlanda, auténtico protagonista de su relato. Una búsqueda del genio, quizá de la juventud. El funeral de una literatura, quizá de todo un mundo. "
domingo, 14 de noviembre de 2010
Sobrevivir al cisne
“Consideremos un árbol. Primero lo pinta Millet y luego lo pinta Van Gogh. Resultan dos árboles distintos, en virtud de esa “maldita intervención del autor” (las comillas pertenecen a los teóricos del objetivismo). Pero es precisamente esa inevitable irrupción del artista en el objeto lo que hace superior el árbol de Van Gogh al árbol de Millet y al de cualquier fotógrafo.
Más todavía, ese árbol es el retrato del alma de Van Gogh”
No me gusta la idea de cristalizar y quedarse ahí, petrificada en forma de carámbano para siempre. El camino del escritor ha de ser dialéctico, más titubeante que un tentetieso, lábil, ambivalente a veces, inestable sobre el oleaje, testarudo si es el caso desafiando cuanto acabo de decir. Escribir es una escuela de carácter (no recuerdo quién lo dijo), hay que templar el carácter y las cuerdas pasando de las más agudas a las graves y al revés, hay que no dar por vista ninguna bocacalle de las que muerden los costados de la avenida principal. Escribir es un viaje arduo lleno de celadas y atajos. El vitalista ignora el atajo (pregúntesele a Nietzsche si tomó atajos; o a Cavafis). Hay que escoger el camino plagado de cepos y trampas y curtirse sorteando las emboscadas. Eso es ser vitalista, que no eufórico ni plácido; ser de un vitalismo que no intente demudar los gritos de lo que nos atormenta atrancando la puerta a la que llama el lobo. Escuchar al lobo y acariciar la lana del cordero, atravesar los ruidosos emporios y mirar a la cara a los lestrigones; beber maná y tener el valor de admirar los cisnes aunque el Modernismo y siglos de literatura bucólica nos los hayan robado. En realidad, ¿quién nos ha robado los cisnes y las grullas y los nenúfares…? Y sin embargo: no admirar los cisnes, no exhibirlos a estas alturas, pero sí, sí: encontrar en el párrafo las palabras que merezcan resucitar al cisne. Y si no, matar al dichoso cisne. Pero antes de dejarlo ya de mano que descanse para siempre del lento asesinato que Tchaikovsky perpetró para él, revivirlo un momento, solo un momento crucial, para intentar pasar la prueba de invocar lo manido con el viraje insólito.
Y sobrevivir al cisne.
Y empezar a escribir, de nuevo, acerca de cualquier cosa, pero apoyando el papel sobre la tumba de ese cadáver.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Bodegón con libro y rosas
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Con Antón Chéjov en Valderrobres
Estoy pasando tres días en Valderrobres. Mi habitación da al río Matarraña, al que me asomo tan a menudo que las palomas que dormitan en el entramado del alero ya no se inmutan cuando abro el balcón y salgo al corredor quedando mi cabeza a un metro de sus nidos. El lunes huían de mí y del ruidoso batir de puertas y postigos viejos. Ahora me vigilan perezosamente desde lo alto, con un solo ojo, desde una rendija de los párpados; actitud que les otorga un porte sabio y condescendiente. Acabo de caer en un antropomorfismo fácil que irritaría a Chéjov. Cuando no contemplo el río – luminoso y apacible a pesar de su diabólico nombre- , leo la correspondencia que Chéjov mantuvo con otros escritores, muchos de ellos primerizos. También escribo algo, muy poquito porque aquí todo son alicientes y todo juega a despistar de los buenos propósitos. Además las distancias son cortas en Valderrobres y una las recorre en un suspiro y con gusto para ir a degustar conversaciones y vino blanco con M., mi amiga la pintora holandesa afincada aquí, o para pasear arriba y abajo del puente medieval o para rastrear el esplendor del otoño en el chopo más amarillo de todos o para dilatar las cenas con los tres músicos con los que comparto la mesa o para visitar el taller de I., una amiga ceramista o para...
sábado, 6 de noviembre de 2010
Epifanía
martes, 2 de noviembre de 2010
Poética del fuego
Hace unos meses, la calefacción del piso donde vivía no posibilitaba ninguna lírica del fuego. Encuentro un placer ¿diré ancestral? en procurarme mi propio fuego, y un placer bachelardiano en contarlo.
lunes, 1 de noviembre de 2010
A mis muertos custodios

Dicen que no tengo duelo, Llorona,
porque no me ven llorar.
Dicen que no tengo duelo, Llorona,
porque no me ven llorar:
hay muertos que no hacen ruido, Llorona,
y es más grande su penar.
¡Ay de mí, Llorona!,
Llorona, llévame al río.
Ay de mí, Llorona,
Llorona, llévame al río:
envuélveme en tu rebozo, Llorona,
porque me muero de frío.