
martes, 28 de diciembre de 2010
Y Dios en el ojo de la cámara

sábado, 25 de diciembre de 2010
martes, 21 de diciembre de 2010
La casa de los vientos

jueves, 16 de diciembre de 2010
Las bailarinas clandestinas
domingo, 12 de diciembre de 2010
Rock duro

A propósito de la entrada titulada “Abatida”, alguien con la aleación ideal de sentido del humor y penetrante complicidad me ha dicho: “Eso es rock duro y no lo de Metálica”. Y yo sonreí liberada y con ganas de contestar: “Vale tío, gracias por tu comentario. Me has alegrado el día. Joder, tío, es que no sabes lo silencioso que está el mundo y lo duro que es estar a la altura de ese silencio cuando una anda aprendiendo a clamar en cinemascope que para el caso eso viene a ser una blog”.
No hizo falta que le contestara eso porque estaba claro que quien así me hablaba conocía el lenguaje de las mareas y el significado de las pleamares. Pero lo digo ahora porque, ya puesta a protestar, diré que lo que escribo no me reduce a lo que escribo y que tampoco soy consciente de expresarme “con esa cosa que impone” (lo de que “impone” me lo ha dicho una amiga como parte de un elogio y lo interpreto con cariño; ojo.) Lo que pasa es que esta vida, sobre todo la socio-laboral, está demasiado contaminada de medidas cautelares, de guisos sosos, de gritos automutilados, de quejas tímidas, de aburrida condescendencia y de descafeinados sorbos al tazón sentimental del más convencional lenguaje y la mesura.
Igual veo que no es para tanto cuando relea esto en perspectiva, pero valga el alegato general. Si no hiciera como Escarlata O’ Hara y, en lugar de revisar lo escrito en cada entrada del blog, no me dijera: “no quiero pensar en lo que he dicho ahora, ya lo pensaré mañana”, probablemente no escribiría nada. No existen escritores pudibundos; ayer mismo lo decía Nabocov en el programa francés “Apostrophe”. Escribir es a lo que me dedico y, en general, lo hago al raso, sin editor que me aliente ni mundanos parabienes ni exhortaciones de sabios ni emolumentos ni otra índole de refuerzos ni toda la vida por delante. Por la posibilidad de escribir es por lo que no me consumo incluso cuando creo que estoy consumiéndome viva. No tengo tiempo de esperar que el mensajero me traiga rosas.
sábado, 11 de diciembre de 2010
La filosofía y el grito.

1951 y recriada en Málaga, acaba de publicar Matar a Platón (Tusquets), un libro
que contiene dos largos poemas, el que le da título -"una construcción, la
puesta en escena de la muerte de un hombre aplastado"- y Escribir -"un grito
fragmentario escrito en un tiempo muy difícil"-. Entre uno y otro, un cáncer
grave. Después de ambos, la súbita muerte de su hijo. Chantal Maillard no habla
de eso. La información hay que buscarla por otro lado. "Un tiempo muy difícil",
dice escuetamente. No levanta la voz. Se ríe a veces. Eso sí, parece que habla
en serio cuando dice que ya cree en pocas cosas esta profesora de filosofía que
ha publicado media docena de libros de poemas y que ha escrito ensayos sobre
María Zambrano y sobre estética oriental amén de unos estremecedores diarios:
Filosofía en los días críticos (Pre-Textos).
Chantal Maillard- BERNARDO PÉREZ
PREGUNTA. ¿Qué significa matar a Platón?
RESPUESTA. Significa bajarnos de las ideas, de los conceptos. Mientras vivamos
en el concepto de la muerte no vamos a empatizar con la persona que muere.
P. ¿Cómo puede darse esa empatía?
R. Es imposible... Bueno, supongo que es posible cuando tú eres víctima. Y
entonces, desde luego, no construyes un poema escenográfico. Lo que haces es
gritar. Y eso es escribir, un puro grito. Entonces sí haces de tu propio dolor la posibilidad del
dolor de los demás. Yo me pasé mucho tiempo llorando por la calle cuando veía
algo que le ocurría a otra persona. Claro que ¿hasta qué punto me lo estaba
refiriendo a mí misma? ¿Hasta qué punto es posible esa compasión, ese padecer
con?
P. ¿Hasta qué punto lo permiten las palabras? ¿No imponen su distancia?
R. Sí, sí... No siempre. Entre los dos poemas hay tres años. Pero en tiempo
subjetivo hay más tiempo aún porque han ocurrido cosas que han cambiado mi vida.
P. ¿Y ahora?
R. Ahora me cuesta pensar en la literatura como tal. Ya no creo en ella. En este
libro hay al menos un verso absolutamente cierto: "Escribo porque es la manera
más veloz que tengo de moverme". Era verdad. Estaba paralizada de cintura para
abajo y lo único que se podía mover rápido era mi mano al escribir. Y daba gusto
verla.
P. ¿Cómo se conjuga su lucha contra los conceptos con su formación filosófica?
R. Ésa es mi lucha, claro. Yo no mato al Platón histórico, mato al que hay
dentro de mí. Es una lucha contra la tradición asumida en mí. Y no llego a
matarlo, ésa es la tragedia. Yo vivo en la abstracción, y eso es lo que me hace
difícil convivir con las cosas reales. Y sin embargo creo que la única manera de
vivir el presente es vivir en las cosas mismas. Cada momento, cada instante. No
en las ideas, porque las ideas no ocurren en presente. Las ideas son
generalizaciones que en realidad no existen. No existe lo blanco, no existe la
blancura, existen las cosas blancas.
P. En filosofía parece más difícil matar a Platón que en poesía. ¿Cómo podríamos
pensar sin abstracciones?
R. Si se puede decir que uno cree en algo, yo creo cada vez menos en la
filosofía.
P. ¿No ha encontrado salidas en el pensamiento oriental?
R. Oriente está siendo colonizado por Occidente y por una religión que es la del
sistema de consumo, y que tiene que ver con lo concreto, sí, pero de una manera
muy diferente. Lo que pretende ese sistema es que un individuo nunca llegue a
satisfacerse: por eso puede seguir consumiendo. Hay una especie de resbalar
continuo en superficie que estamos exportando a Oriente. Y ésa no es la
superficie -o el presente, o el instante- que Oriente ha manifestado siempre. Su
enseñanza consistía en captar la esencia de cada cosa, estar con cada cosa en
cada momento. Eso te llena. No pasar de una a otra. Si estás pintando, te llena
estar en lo que estás pintando; si estás cocinando, en lo que estás cocinando;
si llevando un barco, en ese momento, identificándote con el gesto. El gesto es
algo importante, y si se hace automáticamente estaremos siempre en proyecto, que
es una manera de estar en el gran concepto. En el concepto pasado, rememorando;
en el concepto futuro, proyectando, pero no en el gesto mismo.
P. En un verso, usted se pregunta: "Si supiera qué voy a escribir mañana, ¿qué
escribiría?". ¿La respuesta es Escribir?
R. Escribir surgió en un momento en el que yo podía "morir mañana". Y nada tengo
tan presente desde entonces como el poderme morir en cada momento. Y es difícil
compaginar el deseo de vivir mañana con la posibilidad de morir ahora.
P. ¿Más que de la idea de la muerte, la rabia no viene del dolor?
R. Cuando sientes dolor físico lo demás queda en segundo plano, sí, pero no es
sólo eso. Convivimos también con la muerte ajena. Y eso no es dolor físico, eso
es sufrimiento. Y contra eso es contra lo que me rebelo. Me dirás: "Es inútil".
Uno da palos al aire, claro. ¿Y cómo no? Lo que no puedo hacer es asumirlo y
decir: esto es lo que hay. Si mi vida tiene ahora algún sentido, lo tiene porque
me he dicho que tenía que vivir para dar testimonio de mi rebeldía. Nada más,
estoy muy cansada de paraísos, de paliativos, de metafísicas, de grandes
palabras, de consuelos, de promesas. No creo en nada. Por supuesto que es mejor
vivir, pero está tan presente el hecho de que se vive con dolor...
P. ¿Cómo convivir con lo cotidiano, con esta ciudad, con los viajes, con esta
entrevista?
R. Vivo, literalmente, en el aire, de un sitio a otro. Me siento en un no-lugar
perpetuo. Y si tuviera un poco más de salud me gustaría dormir cuando se pusiera
el sol y en el sitio en el que me pillara. Pero mi cuerpo no me deja."
viernes, 10 de diciembre de 2010
Gatos y abismos
Tres momentos matinales de Gina
lunes, 6 de diciembre de 2010
Poema visual en seis estrofas.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Abatida
El sábado después de comer, paseaba bordeando ese pueblo pirenaico, buscando una visión franca de las montañas (para ello solo hay que abandonar la calle principal, el Far West, como dijo Vila-Matas al regreso de su salida matinal) y tropecé con las diminutas panzas de dos pajarillos de vivos colores. Uno era de un verde pistacho jocundo, el otro azulado; dos botoncitos brillantes a centímetros de mis botas, muertos. Se me quedó grabada esa imagen, ese picado, como un plano cinematográfico fijo. Se me quedó en la mente esa incongruencia, esa, cómo diría, toda es gracilidad abatida quizá por el frío. Me gusta la palabra "abatida": mustia, menguada. Los pájaros estaban abatidos, no por mustios ya que casi refulgían al sol, sino por tumbados, caídos.
El café me ha puesto lastimosamente en pie.
sábado, 27 de noviembre de 2010
sábado, 20 de noviembre de 2010
Una vida absolutamente maravillosa

"Para conocer in situ los escenarios por los que discurre su “Dublinesca” (Seix Barral), nuestro Ulises particular acompañó a Enrique Vila-Matas a la ciudad de James Joyce, donde Bram Stoker escribió su “Drácula” y lugar en el que los muertos y los borrachos soportan la misma lluvia. Texto: Antonio Baños Fotos: Elena Blanco
Solemne, el escritor Vila -Matas avanzó desde la escalera hasta donde estaba expuesto el bufet alimentario en aquel maderoso y crepitante pub dublinés. Se plantó frente a las viandas con la firme intención de comer de alguna de ellas, pero el camarero distinguió en el ojal de su americana el botón rojo que lo acredita como poseedor de la Légion d’Honneur, la más grande condecoración creada por la gabacha nación. El camarero, que a la sazón resultó ser francés de cuna, casi se cuadró delante del condecorado novelista. El fámulo inquirió a Vila-Matas sobre cómo había conseguido tal honor. Indochina, Argelia, Mururoa… pensó el galo. “No” -respondió Vila-Matas firme como un coronel de ingenieros-: “Escribiendo libros”.
La desilusión apareció en su cara de francés y debió sentir el que le den medallas a cualquiera, pensando que la escritura precisaba de menos valor y temple que la milicia. En el caso de Vila-Matas se equivocaba. Tiene este escritor madera de asediado, de la résistance, de guerrillero, de constante saboteador de la literatura convencional. Y, quizá por ese aire de clandestinidad importante que despide, el garçon nos trajo hasta la mesa un tajo de roast beef y una sopa.
Parecía sábado por la mañana aquella tarde de jueves en que aterrizamos en Dublín. Enrique Vila-Matas, Elena Blanco, de la editorial Seix Barral, y yo estábamos en la capital de la verde Erin para encontrarnos con el equipo del programa de TVE Página 2. Querían reportajear a Vila-Matas y preguntarle sobre su último libro, Dublinesca, el primero que el escritor ubica en la vieja y catolica “hemiplejia de la voluntad”, como definió Joyce al Dublín que acoge su relato.
Muchos lectores del autor se sorprenderán ante el cambio que supone pasar de su denso y recreado París a la fe del inglés de tierra feniana. Desde que Doña Margarita Duras, pobrecita mía, le alquilase una mansarda en el París de los 1970, el nombre de Vila-Matas está asociado a la sólida tradición de la francofilia barcelonesa. Hasta ahora.
Vila-Matas, amenazado
No sé si por ansia de devorar nuevas culturas o por zafarse de los tópicos que le puedan atenazar, Vila-Matas y un grupo de amigotes escritores de prestigio decidieron viajar hasta Dublín a vivir un Bloomsday, que no es otra cosa que la recreación cada 16 de junio del 16 de junio, el día descrito en el Ulises de James Joyce. De esta experiencia nació una orden de caballería sedente llamada la Orden del Finnegans. Una hermética sociedad consagrada a honrar la obra y la memoria del gafotas y dipsómano escritor irlandés.
Dublinesca describe de manera más o menos autobiográfica lo que él llama su “salto inglés”, la inmersión en una ciudad, una cultura y una nueva geografía que Vila-Matas, no se preocupen, ya ha masticado a gusto hasta adaptarla a su parabólica mirada.
Y ahí estamos, camino del Museo de los escritores irlandeses donde nos esperan las cámaras de la tele. Antes de cruzar el puente O’Connell, o quizá después, Vila-Matas pisa la calzada y casi me lo atropellan. Elena Blanco es quien salva a la insigne pluma. Metros después, un cochecito del servicio de limpieza casi arrambla con él. No hay duda, alguien o algo está molesto con la presencia de Vila-Matas en Dublín. Quizá esté detrás la embajada francesa, molesta por su “traición”; quizá secuaces de Vladimir Nabokov, el magno escritor que no soportaba el Finnegans Wake de Joyce. Lo que tenemos claro es que, a partir de ese momento, estamos todos en peligro.
El museo de escritores irlandeses no está lleno de gente. Está vacío. Según parece, ése es su estado natural. Parece que esta tierra mueve a los aficionados a la literatura a exiliarse, incluso de sus propios museos.
Su nuevo libro sigue siendo suyo. En cuanto pisa un pie de página, Vila-Matas no lo suelta hasta desentrañar la vida de esos personajes desenfocados o ausentes en la foto de la gran literatura. “La cita es mi sintaxis”, se ve que dijo en una entrevista, y a fe que en Dublinesca la cita, la referencia a diestro y siniestro, se convierten en la niebla densa que envuelve las dudas y quizá paraliza al protagonista, un editor literario retirado en plena crisis vital y estética. ¿Cuanto tiempo vive un bacalao fuera del agua? ¿Cuánto un escritor fuera de la literatura? Vila-Matas no está dispuesto a hacer el experimento y se sumerge con Dublinesca en el negro Mar de Irlanda, auténtico protagonista de su relato. Una búsqueda del genio, quizá de la juventud. El funeral de una literatura, quizá de todo un mundo. "
domingo, 14 de noviembre de 2010
Sobrevivir al cisne
“Consideremos un árbol. Primero lo pinta Millet y luego lo pinta Van Gogh. Resultan dos árboles distintos, en virtud de esa “maldita intervención del autor” (las comillas pertenecen a los teóricos del objetivismo). Pero es precisamente esa inevitable irrupción del artista en el objeto lo que hace superior el árbol de Van Gogh al árbol de Millet y al de cualquier fotógrafo.
Más todavía, ese árbol es el retrato del alma de Van Gogh”
No me gusta la idea de cristalizar y quedarse ahí, petrificada en forma de carámbano para siempre. El camino del escritor ha de ser dialéctico, más titubeante que un tentetieso, lábil, ambivalente a veces, inestable sobre el oleaje, testarudo si es el caso desafiando cuanto acabo de decir. Escribir es una escuela de carácter (no recuerdo quién lo dijo), hay que templar el carácter y las cuerdas pasando de las más agudas a las graves y al revés, hay que no dar por vista ninguna bocacalle de las que muerden los costados de la avenida principal. Escribir es un viaje arduo lleno de celadas y atajos. El vitalista ignora el atajo (pregúntesele a Nietzsche si tomó atajos; o a Cavafis). Hay que escoger el camino plagado de cepos y trampas y curtirse sorteando las emboscadas. Eso es ser vitalista, que no eufórico ni plácido; ser de un vitalismo que no intente demudar los gritos de lo que nos atormenta atrancando la puerta a la que llama el lobo. Escuchar al lobo y acariciar la lana del cordero, atravesar los ruidosos emporios y mirar a la cara a los lestrigones; beber maná y tener el valor de admirar los cisnes aunque el Modernismo y siglos de literatura bucólica nos los hayan robado. En realidad, ¿quién nos ha robado los cisnes y las grullas y los nenúfares…? Y sin embargo: no admirar los cisnes, no exhibirlos a estas alturas, pero sí, sí: encontrar en el párrafo las palabras que merezcan resucitar al cisne. Y si no, matar al dichoso cisne. Pero antes de dejarlo ya de mano que descanse para siempre del lento asesinato que Tchaikovsky perpetró para él, revivirlo un momento, solo un momento crucial, para intentar pasar la prueba de invocar lo manido con el viraje insólito.
Y sobrevivir al cisne.
Y empezar a escribir, de nuevo, acerca de cualquier cosa, pero apoyando el papel sobre la tumba de ese cadáver.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Bodegón con libro y rosas
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Con Antón Chéjov en Valderrobres
Estoy pasando tres días en Valderrobres. Mi habitación da al río Matarraña, al que me asomo tan a menudo que las palomas que dormitan en el entramado del alero ya no se inmutan cuando abro el balcón y salgo al corredor quedando mi cabeza a un metro de sus nidos. El lunes huían de mí y del ruidoso batir de puertas y postigos viejos. Ahora me vigilan perezosamente desde lo alto, con un solo ojo, desde una rendija de los párpados; actitud que les otorga un porte sabio y condescendiente. Acabo de caer en un antropomorfismo fácil que irritaría a Chéjov. Cuando no contemplo el río – luminoso y apacible a pesar de su diabólico nombre- , leo la correspondencia que Chéjov mantuvo con otros escritores, muchos de ellos primerizos. También escribo algo, muy poquito porque aquí todo son alicientes y todo juega a despistar de los buenos propósitos. Además las distancias son cortas en Valderrobres y una las recorre en un suspiro y con gusto para ir a degustar conversaciones y vino blanco con M., mi amiga la pintora holandesa afincada aquí, o para pasear arriba y abajo del puente medieval o para rastrear el esplendor del otoño en el chopo más amarillo de todos o para dilatar las cenas con los tres músicos con los que comparto la mesa o para visitar el taller de I., una amiga ceramista o para...
sábado, 6 de noviembre de 2010
Epifanía
martes, 2 de noviembre de 2010
Poética del fuego
Hace unos meses, la calefacción del piso donde vivía no posibilitaba ninguna lírica del fuego. Encuentro un placer ¿diré ancestral? en procurarme mi propio fuego, y un placer bachelardiano en contarlo.
lunes, 1 de noviembre de 2010
A mis muertos custodios

Dicen que no tengo duelo, Llorona,
porque no me ven llorar.
Dicen que no tengo duelo, Llorona,
porque no me ven llorar:
hay muertos que no hacen ruido, Llorona,
y es más grande su penar.
¡Ay de mí, Llorona!,
Llorona, llévame al río.
Ay de mí, Llorona,
Llorona, llévame al río:
envuélveme en tu rebozo, Llorona,
porque me muero de frío.
jueves, 28 de octubre de 2010
Cuando vivir es una fiesta
jueves, 21 de octubre de 2010
Cuando escribir era una fiesta.
Pero hay días que lavorare stanca; el día revienta en las manos, no hay floraciones nuevas, las letras cortan, anudan, se camina por el filo cimbreante de un cuchillo opaco y lento esperando que el vapor de lo irreflexivo nos aplaque. Es entonces que la letra me está llagando como un ayer y un mañana sin hoy porque en el hoy no hay hoy, sino inmolaciones, horas no cooperantes, minutos rastreros en atropello esteril de los siguientes minutos. Es entonces que siento un tiempo como dentaduras circulares concéntricas en torno, un tiempo astado, un zigzag amarillo en la percepción de lo minúsculo, un lóbulo gris veteado de mancahas amarillas, una parquedad cerebral en lo izquierdo del cráneo, un inconcluso danzar de tinta, unas zapatillas rojas que me arrastran como en el cuento; impelida por su propia voluntad motora me llevan a mí no se sabe dónde y yo me canso y canso dentro de sus hormas hilarantes a mi costa. Me convierto esos días en una criatura, en el dasein de Heidegger. Una criatura es no un ser que se dirige, sino una otredad con liviandez de hoja seca. Así que acabo escribiendo lo más a lo loco que soporto, a lo Duras, dándome sorpresas, a tumba abierta (según cuenta Vila-Matas que escribía la Duras) preguntándome si debajo del descarrilamiento hay alguna opulencia de creación y lírica y literatura o tan sólo ruido.